Una vuelta…
El vidrio se empañaba con solo acercar la cara y expulsar el aire. Apenas habían pasado unos minutos desde que comencé mi turno y quedaba un puñado de horas, que por cierto, son de lento viaje cuando se trabaja los domingos a la mañana. Afuera, el frío acosaba al "pingüino" y lo hacia olvidar de su hábitat natural, en el que nació su pasión por mirar al mar.
El managment hotelero poco sabía del comportamiento humano. Eran más de las once, horario límite de estadía, y aun nadie había realizado el respectivo check out para terminar esas mini vacaciones. Irresponsables como siempre, los huéspedes se quedaron en la habitación por una horita más. Fue en ese lobby desierto donde me encontré con una inesperada sorpresa. Un valuarte del futbol argentino y mundial.
Era Fabián "Poroto" Cubero. Ese que había desentrañado desde mi interior el deseo más poderoso de ver futbol los fines de semana. Aquel que creó una melodía sinfónica con su gambeta salvaje y sus pases como "con la mano". Y estaba solo a dos metros de mí, paseándose con su hija Indiana, una inquieta beba rubia.
Se cruzaron miles de cosas por mi cabeza, desde los goles históricos más recordados por la afición velezana, hasta los posibles temas de conversación que podría entablar para demostrarle lo mucho que lo quería. Nada de eso. La agilidad de parla se ve traicionada en momentos claves. Habré quedado como un tonto, mirando maravillado a ese gran jugador que se alejaba por el corredor para terminar sus vacaciones. Había quedado sin palabras.
Una vez vuelto en mí y con la reflexión acosándome en el "recreo laboral", me pregunté: ¿por qué no nos maravillamos de la misma manera cuando estamos en presencia Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto verlo como un "valuarte" de nuestra existencia y lo ignoramos como una figura fija en nuestra pared a la que solemos hablarle día por medio? Tal vez sea bueno reevaluar nuestro sentir hacía Él y empezar a maravillarnos al verlo. Allí, en cada momento de nuestras vidas.
Juan Manuel Yassin